Ajedrez. Sigo con eso. Se me plantea un problema técnico grave. Necesito un móvil para que Max se implique en la parte final y más peligrosa de la trama. Y no lo encuentro. Soy un ajedrecista mediocre. Ya con La tabla de Flandes sudé sangre. Llamo al entrañable amigo Leontxo García y lo invito a comer. Tengo un problema, Leontxo. Le digo. Esto y lo otro. Dame un móvil, Un motivo. Qué pasaría si un ajedrecista, campeón del mundo o aspirante, hace tal o cual. El tío piensa un rato y me lo da. Excelente, por cierto. Le hago muchas preguntas y tomo notas. También, de postre, le pido que me ayude a montar una trampa en una partida para descubrir a un posible infiltrado del otro bando. En treinta segundos me da la idea. Luego en casa, me abalanzo sobre los libros de ajedrez y empiezo a buscar situaciones apropiadas. A vestir la partida. En dos días queda todo resuelto. Ya tengo el pretexto, la trama, la trampa.
Sorrento, 1966. El protagonista no ha tenido mucha suerte en los últimos tiempos. Pero el azar le permite jugarle otra mano al Destino. Ajedrez. Espías. Historias del pasado que vuelven y desafían al viejo truhán. Para ajedrez, necesito modelo de ruso. Jugador. Época soviética. Pensaba en él flaco y huesudo, con nariz rapaz. Pero se me cruzan otras imágenes. Creo que me apoyaré físicamente en el gran maestro ruso Shirov, al que conocí en el Magistral de León. Me cayó bien. Mucho. Un oso grande, rubio, de aspecto bonachón. Pelo cortado a cepillo como un erizo, ojos tiernos y líquidos. Casi apenados. Mejor ése, me parece. Sí.
Max había acercado un cenicero y permanecía en pie, ante ella, la mano derecha en el bolsillo del pantalón. Fumando.
-Me gustó bailar con usted —dijo.
-También a mí. Lo haría de nuevo, si la orquesta aún tocara y hubiese gente en el salón.
-Nada le impide hacerlo ahora
-¿Perdón?
Se tocaba las perlas del collar, estudiando su sonrisa como quien disecciona una inconveniencia. Pero el bailarín mundano la sostuvo, impasible. Pareces un buen chico, le habían dicho la húngara y Boris Dolgoruki, coincidiendo en ello aunque nunca se conocieron. Cuando sonríes de ese modo, nadie pondría en duda que seas un condenado buen chico. Procura sacarle partido a eso.
-Estoy seguro de que es capaz de imaginar la música.
Ella dejó caer otra vez la ceniza al suelo, como solía. Ignorando el cenicero.
-Es usted un hombre atrevido.
-¿Podría hacerlo?
Ahora le llegó a la mujer el turno de sonreír, un punto desafiante.
-Claro que podría —dejó escapar una bocanada de humo—. Soy esposa de un compositor, recuerde. Tengo música en la cabeza.
-¿Le parece bien Mala entraña?
-Perfecto.
Apagó Max el cigarrillo, estirándose después el chaleco. Ella siguió inmóvil un instante: había dejado de sonreír y lo observaba pensativa desde su butaca, como si pretendiera asegurarse de que no bromeaba. Al fin apoyó su boquilla con marca de carmín en el cenicero, se levantó muy despacio, y mirándolo todo el tiempo a los ojos apoyó la mano izquierda en su hombro y la derecha en la mano de él; que, extendida, aguardaba. Permaneció así un momento, erguida y serena, muy seria, hasta que Max, tras oprimir dos veces suavemente sus dedos para marcar el primer compás, inclinó un poco el cuerpo a un lado, pasó la pierna derecha por delante de la izquierda, y los dos evolucionaron en el silencio, enlazados y mirándose a los ojos, entre los sillones de mimbre y los maceteros del salón de palmeras.
Una escena prevista. Dándole vueltas. Buscando momento. Lugar. Los dos bailan sin música. En silencio. Peligrosa si me sale mal. Necesidad de hacerla creíble. Si no, papelera. Busco un lugar adecuado para situarlos en el Cap Polonio, sin hallarlo. Al fin, foto del Blanco y Negro (1928) me da la solución. Creo. El salón de palmeras del barco. Un espacio discreto, ajardinado, con sillones de mimbre. Perfecto. No sé exactamente dónde estaba situado en el Cap Polonio, pero da lo mismo. Sitúo en un plano de un transatlántico francés de estructura parecida el lugar donde estaría ese salón. Luego trazo el recorrido que harían los dos desde la cubierta de paseo en la que conversan al principio de la escena. Es posible. Sí. Llegarían paseando en cinco minutos. Puede valer. Ahora sólo falta que el lector, cuando lea, oiga la música que no se oye pero que ellos oyen. Los vea evolucionar en el silencio.
Todo empieza ahí, entre Lisboa y Buenos Aires. Una apuesta entre dos músicos amigos, un viaje. Tango contra bolero, Maurice Ravel contra Armando de Troeye. Cada cual se compromete a componer uno. El premio para el ganador es una cena en Lhardy. Una esposa (la de Troeye) y un bailarín profesional de tangos son los puntos de partida, a bordo. El primero de los tres encuentros: Música, espionaje, ajedrez. Necesitaba un escenario adecuado. Un transatlántico del año 28. Solvente. Moverme por él como por mi casa. En Paris veo a Michele Polak, vieja amiga, librera anticuaria de viajes y marina (su ayuda fue decisiva para Cabo Trafalgar). Ella me proporciona un libro fundamental, hermoso y muy raro: Arts décoratifs a bord des paquebots français. Una joya. Lo tiene todo: planos, fotografías, cubiertas, pasajeros, ocio, etc. Con él puedo mover a mis personajes (moverme yo mismo) con soltura. También veo varias películas en blanco y negro de la época, relacionadas con transatlánticos de lujo. Lo completo entre otras cosas con tres títulos más, también grandes libros ilustrados. Liners es uno de ellos. Otro: Transatlantici, l’etá d’oro. Y como gracias a unas páginas de Blanco y Negro del año 1928 compruebo que el Cap Polonio hacía la ruta de Buenos Aires, elijo ese barco. Era alemán, así que me hago con German Ocean Liners of the 20th Century. Lo trufo todo de pegatinas de colores y lleno un cuaderno de notas. Entonces me pongo a escribir.
Lo miraba con fijeza, sin responder. Un reflejo doble en las pupilas inmóviles.
-¿Sabe una cosa? —comentó él—. Me gusta su forma de aceptar con naturalidad que le digan que es bella.
Todavía siguió un momento callada, mirándolo como antes, aunque ahora parecía sonreír: una leve sombra hendida por la luz del farol a un lado de la boca.
-Comprendo su éxito entre las señoras. Es un hombre apuesto… ¿No le agita la conciencia haber lastimado algunos corazones?
-En absoluto.
-Tiene razón. El remordimiento es poco frecuente en los hombres, si hay dinero o sexo a conseguir, y en las mujeres si hay hombres de por medio… Además, nosotras no sentimos tanta gratitud por las actitudes y sentimientos caballerosos como los hombres creen. Y a menudo lo demostramos enamorándonos de rufianes o de groseros patanes.
Anduvo hasta la entrada y se detuvo allí, aguardando, como si nunca hubiese abierto una puerta ella misma.
-Sorpréndame —añadió—. Soy paciente. Capaz de esperar.
Alargó él la mano para empujar la puerta, recurriendo a toda su sangre fría. De no saber que los observaban, habría intentado besarla.
-Su marido…
-Por Dios. Olvídese de mi marido.
Y al fin, escribes, por ejemplo: “El tango lento y llorón quedaba a muchas cuadras. En la noche de Barracas la gente era bronca, irónica, gustosa de cortes y quebradas. De arrimarse la hembra al macho, de meter pierna y chulería”. Y piensas. Vale. Eso lo dejo.
Describir a una mujer que baila. Rubia, de aire eslavo. Tanguista. Leves manchas de sudor en las axilas de la blusa floreada. Todo un libro leído sobre la Zwi Migdal, organización que trataba con mujeres compradas en Polonia y Rusia, para describirla con eficacia. Hay malditos medios folios que llevan semanas de preparación. Pero cuando crees que ya lo conseguiste, o crees estar a punto de ello, decides que mereció la pena. Aparte de que aprendes un montón de cosas inútiles y fascinantes. Pretextos para leer cosas que nunca leerías en otras circunstancias.
Fundamental otra visita a Barracas. Buenos Aires. Me lleva Oscar Conde a ver a la hija del entrañable don Enrique Puccia, el mejor cronista del barrio. Graciela Puccia. Amabilísima. Me regala libros de su padre, fundamentales para establecer ambiente en la infancia de Max. Subrayo y anoto detalles que son oro puro. Cafés torrados el Águila, ginebra La Llave,la Francoargentina de Seguros. Pitidos de la fábrica cercana regulando la vida de quienes en sus hogares humildes no tenían dinero para pagarse un reloj. Árboles que había en el barrio en 1928: casuarina, eucaliptos, sauces, higueras, parrales, macetas de ruda, cedrón y menta. Seguramente ni lo mencionaré en el texto, pero para mover a los personajes es necesario saber que eso estaba ahí. Es parte del andamio que retiras una vez acabada la casa.
Pilas de libros, cuadernos, folletos, notas. Para la parte argentina de la novela. Desde “El almacén” de Olivari a la historia del tango, el diccionario lunfardo de José Gobello, las seis películas de Gardel o un deuvedé de Juan Carlos Copes bailando tango y milonga con su hija. Borges, aquí, sólo una nota a pie de página. Hay que leerlo todo, incluso para teclear un cuarto de folio. Patear el mapa del presente con la información del pasado. Sólo de esa forma colonizas el presente o lo real con tu imaginación y tu memoria. Pueblas el paisaje con tu mundo propio. Es un milagro asombroso que todavía hoy me sorprende. Te sitúas ante un escenario para la novela, y las viejas fotos, las lecturas, permiten borrar todo aquello que es superfluo para tu trabajo o no necesitas. Como si no estuviera ahí. Entonces, al fin, logras el milagro de ver sólo lo que necesitas ver.