Archivo de abril, 2012

El hotel, desde la terraza

El edificio del hotel desde la terraza donde Max desayuna. Arriba están su habitación, la del ajedrecista Keller y la de algún otro personaje. Desde arriba, vistas espléndidas sobre la bahía de Nápoles, con Vesubio al fondo.

Sorrento desde la ventana de Max

Éste es el paisaje que en otoño de 1966 ve el protagonista desde la ventana de su habitación del hotel Vittoria, donde se juega el match de ajedrez entre el ruso Sokolov y el chileno Keller.

Exprimiendo a Leontxo

Ajedrez. Sigo con eso. Se me plantea un problema técnico grave. Necesito un móvil para que Max se implique en la parte final y más peligrosa de la trama. Y no lo encuentro. Soy un ajedrecista mediocre. Ya con La tabla de Flandes sudé sangre. Llamo al entrañable amigo Leontxo García y lo invito a comer. Tengo un problema, Leontxo. Le digo. Esto y lo otro. Dame un móvil, Un motivo. Qué pasaría si un ajedrecista, campeón del mundo o aspirante, hace tal o cual. El tío piensa un rato y me lo da. Excelente, por cierto. Le hago muchas preguntas y tomo notas. También, de postre, le pido que me ayude a montar una trampa en una partida para descubrir a un posible infiltrado del otro bando. En treinta segundos me da la idea. Luego en casa, me abalanzo sobre los libros de ajedrez y empiezo a buscar situaciones apropiadas. A vestir la partida. En dos días queda todo resuelto. Ya tengo el pretexto, la trama, la trampa.

En busca de un ruso

Sorrento, 1966. El protagonista no ha tenido mucha suerte en los últimos tiempos. Pero el azar le permite jugarle otra mano al Destino. Ajedrez. Espías. Historias del pasado que vuelven y desafían al viejo truhán. Para ajedrez, necesito modelo de ruso. Jugador. Época soviética. Pensaba en él flaco y huesudo, con nariz rapaz. Pero se me cruzan otras imágenes. Creo que me apoyaré físicamente en el gran maestro ruso Shirov, al que conocí en el Magistral de León. Me cayó bien. Mucho. Un oso grande, rubio, de aspecto bonachón. Pelo cortado a cepillo como un erizo, ojos tiernos y líquidos. Casi apenados. Mejor ése, me parece. Sí.

El salón de palmeras (I)

Una escena prevista. Dándole vueltas. Buscando momento. Lugar.  Los dos bailan sin música. En silencio. Peligrosa si me sale mal. Necesidad de hacerla creíble. Si no, papelera. Busco un lugar adecuado para situarlos en el Cap Polonio, sin hallarlo. Al fin,  foto del Blanco y Negro (1928) me da la solución. Creo. El salón de palmeras del barco. Un espacio discreto, ajardinado, con sillones de mimbre. Perfecto. No sé exactamente dónde estaba situado en el Cap Polonio, pero da lo mismo. Sitúo en un plano de un transatlántico francés de estructura parecida el lugar donde estaría ese salón. Luego trazo el recorrido que harían los dos desde la cubierta de paseo en la que conversan al principio de la escena. Es posible. Sí. Llegarían paseando en cinco minutos. Puede valer. Ahora sólo falta que el lector, cuando lea, oiga la música que no se oye pero que ellos oyen. Los vea evolucionar en el silencio.

Necesidad de un transatlántico

Todo empieza ahí, entre Lisboa y Buenos Aires. Una apuesta entre dos músicos amigos, un viaje. Tango contra bolero, Maurice Ravel contra Armando de Troeye. Cada cual se compromete a componer uno. El premio para el ganador es una cena en Lhardy. Una esposa (la de Troeye) y un bailarín profesional de tangos son los puntos de partida, a bordo. El primero de los tres encuentros: Música, espionaje, ajedrez. Necesitaba un escenario adecuado. Un transatlántico del año 28. Solvente. Moverme por él como por mi casa. En Paris veo a Michele Polak, vieja amiga, librera anticuaria de viajes y marina (su ayuda fue decisiva para Cabo Trafalgar). Ella me proporciona un libro fundamental, hermoso y muy raro: Arts décoratifs a bord des paquebots français. Una joya. Lo tiene todo: planos, fotografías, cubiertas, pasajeros, ocio, etc. Con él puedo mover a mis personajes (moverme yo mismo) con soltura. También veo varias películas en blanco y negro de la época, relacionadas con transatlánticos de lujo. Lo completo entre otras cosas con tres títulos más, también grandes libros ilustrados. Liners  es uno de ellos. Otro: Transatlantici, l’etá d’oro. Y como gracias a unas páginas de Blanco y Negro del año 1928 compruebo que el Cap Polonio hacía la ruta de Buenos Aires, elijo ese barco. Era alemán, así que me hago con German Ocean Liners of the 20th Century. Lo trufo todo de pegatinas de colores y lleno un cuaderno de notas. Entonces me pongo a escribir.

Y al fin, escribes

Y al fin, escribes, por ejemplo: “El tango lento y llorón quedaba a muchas cuadras. En la noche de Barracas la gente era bronca, irónica, gustosa de cortes y quebradas. De arrimarse la hembra al macho, de meter pierna y chulería”. Y piensas. Vale. Eso lo dejo.

La mujer que baila

Describir a una mujer que baila. Rubia, de aire eslavo. Tanguista. Leves manchas de sudor en las axilas de la blusa floreada. Todo un libro leído sobre la Zwi Migdal, organización que trataba con mujeres compradas en Polonia y Rusia, para describirla con eficacia. Hay malditos medios folios que llevan semanas de preparación. Pero cuando crees que ya lo conseguiste, o crees estar a punto de ello, decides que mereció la pena. Aparte de que aprendes un montón de cosas inútiles y fascinantes. Pretextos para leer cosas que nunca leerías en otras circunstancias.