El tango de la Guardia Vieja. Notas al margen

mayo 17, 2013  |  anotaciones  |  Compartir

Por Fernando Mires (Notas al margen)

Rayo, marco, anoto y escribo con letras que nadie, a veces ni yo mismo, logrará descifrar.

Cada libro que pasa por mis manos queda convertido en un esperpento. Ninguno se salva de la masacre que cometo en esos márgenes que parecen hechos para dejar ahí imborrable testimonio de mi “genialidad”. El tango de la Guardia Vieja de Arturo Pérez-Reverte quedó también convertido en una lástima después de mi lectura. Resultado de un indirecto dialogo mantenido con el escritor durante un par de días –más no demoré en leer sus 500 y tantas páginas- en las cuales obtuve ese placer que permanece en uno cuando ve, parafraseando a Violeta, “el fruto del cerebro humano”.

Una novela que me llevó a pensar más allá de su trama. Por de pronto, a pensar en lo que no se puede dejar de pensar cuando uno piensa: en el tiempo y sus espacios. Tres tiempos y tres espacios: El Buenos Aires de fines de los años veinte; Niza bajo el impacto del fascismo, sus acérrimos espías y la guerra civil española. Después Sorrento, en el denso ambiente de la Guerra Fría durante un campeonato de ajedrez en el cual la comitiva soviética se juega una batalla de prestigio frente a un juvenil desafiante chileno, hijo de Mecha, la muy bella heroína de la novela.

En el primer tiempo, a bordo del trasatlántico Cap Polonio, la joven Mecha Insunza, esposa del famoso compositor Armando de Troeye, conoce a través del tango bien bailado a quien será su amante, el cafiolo de vocación y “bailarín mundano” de profesión, Max Costa, nacido en Buenos Aires y emigrado a Europa a los catorce años. Los sucesos de ese tiempo son narrados de un modo más bien convencional, es decir, de acuerdo a una cronología vertical.

Los dos tiempos restantes, en cambio, se entrecruzan como si fuera un solo tiempo surcado por imágenes de latrocinios y violencias aparentemente análogas y jugadas por un mismo personaje. Pero, a pesar del cruce temporal, hay diferencias: En el espacio-tiempo de Niza, Max, al igual que Mecha, goza todo el vigor de su naturaleza sexual y existencial. En el espacio-tiempo de Sorrento en cambio, ambos, ex amantes sesentones, viven su digna decadencia: la pena de no ser más lo que fueron, la congoja frente a la piel reseca, los cabellos canos y el deseo que sólo aflora como recuerdo de un pasado que nunca volverá.

El primer tiempo-espacio es tanguero cien por cien. Desde el encuentro en el Cap Polonio, Mecha y Max no dejarán de tanguear, hasta continuar en el barrio La Barraca donde llegaron impulsados por el ímpetu musical de Armando, el genial y voyerista compositor, quien tomaba apuntes, ansioso de conocer el tango rápido y milonguero de orígenes decimonónicos, el que todavía era bailado en el torvo local La Ferroviaria en donde los cortes, los giros, el abrazo tenso del macho, la reticencia fingida de la hembra, la pierna de él metida entre las de ella, no podían ser continuados en ningún otro lugar que no fuera una cama: en una sexualidad furiosa de cuerpos calientes que se saben unidos desde que se conocieron, en un “duro combate de sentidos”; en un “largo choque de urgencias y deseos”.

En la descripción excitante de las relaciones sexuales Arturo Pérez Reverte se siente como en su salsa. Él es, en definitiva, un maestro insuperable de la materia erótica. También lo es en su manía de informarse sobre los más ínfimos detalles de los motivos sobre los cuales escribe. En lo que se refiere a su conocimiento del tango, por ejemplo, obtuvo una gran erudición la que, con pluma diestra comparte con el lector.

Las páginas tangueras de la novela son también aquellas donde más garabateé mis confusas notas marginales, las que ahora intento descifrar para escribir este maldito artículo que nadie me ha pedido. Así, en una de mis notas leo: “los informantes de Pérez-Reverte entregaron al escritor la versión de J. L. Borges relativa a la historia del tango. Esa versión merece ser revisada”.

Tremendo atrevimiento pretender revisar a Borges, dirá más de alguien. ¿Cómo oponer a un escritor de ficciones un pensamiento racional y racionalizado? Naturalmente, eso es imposible si es que Borges sólo hubiera sido escritor de ficciones. Pero no. Ya he sostenido en otras ocasiones que Borges, además de escritor, era un filósofo. Y de los grandes. Más todavía, agregaré aquí: Borges era un filósofo quien, por lo menos en su interpretación de la historia del tango fue esencialmente nietzscheano, aspecto de su obra que ha permanecido oculto a casi todos sus exegetas. Y bien, esa versión nietzscheana-borgesiana del tango fue la que hizo también suya Arturo Pérez-Reverte, aunque seguro, sin tener la menor idea de que lo hizo pues, afortunadamente, Pérez-Reverte a diferencias de Borges, no es un filósofo. Es “sólo” un gran escritor. Y uno de los mejores de nuestro tiempo; a nadie quepa duda de eso.

¿Qué dice la versión borgesiana del tango? Dice casi lo mismo que dice Nietzsche cuando interpreta la historia de la tragedia griega. ¿Qué dice Nietzsche entonces? Nietzsche dice que la verdadera tragedia no es helénica sino pre-helénica, y la primera sólo una versión degenerada de la segunda. Borges dice: el tango no es el tango; el tango fue la milonga y el que conocemos como tango no es más que su mero simulacro. Nietzsche dice que en los orígenes de la tragedia no había separación entre el coro y el teatro: el coro era el teatro. Borges dice que el tango originario era sólo pirueta y música no escrita; improvisación al servicio de los cuerpos: el cuerpo era el texto. Nietzsche nos dice que al comienzo de la tragedia reinaba el ditirambo, los faunos y sus falos. Borges nos dice que al comienzo del tango reinaba el tarro tamboreado, el macho y un cuchillo cuyo corte no era estético sino parodia de un tajo en pleno vientre. Nietzsche nos dice que la tragedia era dionisíaca y no apolínea. Borges dice que el tango era bravo, pendenciero y no llorón (le faltó decir que no era maricón) Nietzsche nos dice: con Euripides no comenzó sino que terminó la tragedia griega. Borges nos dice: el tango terminó con la Cumparsita de Matos Rodríguez; con Gardel, con Le Pera y otros similares. Nietzsche piensa: la tragedia viene del pueblo profundo. Borges piensa: el tango viene del pueblo profundo.

El tango, según la versión nietzscheana de J. L. Borges, la misma que recogió Pérez-Reverte, se encuentra en los orígenes de su propio ser, ritmando en el candombe, entre payada y milonga, habanera, tango andaluz, polca y hasta vals. Se bailaba en la calle bajo las farolas; y después en los prostíbulos de mala muerte. Con el paso del tiempo, empero, se transformó en musiquería sensiblera, lloriquenta y clasemediera. Dictamen borgesiano recibido –como paradoja- con entusiasmo justamente por quienes más detestaba Borges: los populistas y los marxistas argentinos para los cuales el tango originario era popular y obrero antes de que lo pasaran por el filtro colonialista parisino y de ese modo “aburgesarlo”. No obstante, ese tango aburguesado, sentimental y llorón, sigue gustando a todos quienes nos interesa el tango. Le guste o no a Borges. Por algo será, digo yo.

La verdad, ha costado tiempo sacarse de encima el peso nietzscheano-borgesiano para aceptar algo tan elemental, a saber: que el ser del tango es, como todo ser, un ser en el tiempo. De la misma manera, es falaz seguir sosteniendo que Euripides niega la tragedia originaria, o lo que es peor –como sostuvo Nietzsche- que con la lógica aristotélica tiene lugar la desnaturalización del ser humano, continuada después por la filosofía moral y las religiones universales. Por lo mismo es inicuo pensar que el tango, sólo porque ha incorporado e incorpora los sesgos de un tiempo que ya pasó, ha dejado de ser tango. Quiero decir: el tango de la viejita, el de la traición, el de la mina infiel y el del desengaño, sigue siendo tango.

Tomo y obligo o Chora, o la misma Cumparsita, dirán algunos borgesianos, son tangos para cornudos. ¿Y qué? Respondo yo. ¿Acaso los cornudos no cantan? Fumando espero es un tango para la pequeña burguesía, dirán otros borgesianos ¿Y qué? Respondo yo. ¿No es Argentina un país dominado por la pequeña burguesía (clase media)? ¿O el tango debe pertenecer a los criminales sólo porque ellos lo inventaron? Nada en contra de tan digna gente. Todos los honores que se merezcan. Pero no veo ninguna razón para gustar con pasión Ándate a la Recoleta (anónimo 1880) y no del Volver de Gardel y Lepera. No veo tampoco ninguna razón para gustar de un tango intermedio de Ángel Villoldo (El Choclo, por ejemplo) y no hacerlo con un texto de Enrique Santos Discépolo, uno de los más grandes poetas (sí; escribí poetas) del continente sudamericano. No hay ningún motivo, en fin, para escuchar con goce el Dame la Lata de Juan Pérez (1883) y no emocionarse con Sur, tango tan nostálgico que bailarlo es sacrilegio, cuya hermosa música viene de un genio innato, Aníbal Troilo, y su texto de otro poeta de fuste: Homero Manzi.

La gente, es lo que estoy afirmando, seguirá escuchando, cantando y bailando tangos, esos que nos regalaron argentinos y uruguayos, no importa de donde o de cuando vengan: sea del barril de bencina del negro zumbón, de la casa de putas de la esquina, del salón parisino, del “italianaje mirón” (Borges), de las orquestas de Juan D`Arienzo u Osvaldo Pugliese, de las templadas voces de Carlos Gardel, Edmundo Rivero o Julio Sosa e incluso –o quizás sobre todo– del bandoneón de Astor Piazzolla.

¿Tangos los de Piazzolla, que contienen tonalidades de Edvard Grieg e incluso de Gustav Mahler? Si: Pero también tangos que traen consigo el susurro del viento del arrabal, y hasta el aroma de la impúdica Concha Sucia o de la más indecente de todas, La Concha de la Lora, del mismo modo como el corazón de Bach sigue latiendo, a pesar de los siglos, en la música de Stravinsky. En fin, no creo que será necesario recurrir al “Ello” de Freud para afirmar que los impulsos atávicos de nuestra pre-historia persisten –tanto en las historias de la humanidad como en las individuales- y no son negados ni por la modernidad ni por la post-modernidad. Opinión que parece compartir de algún modo Arturo Pérez-Reverte en el tercer espacio-tiempo de su gran novela.

El segundo espacio-tiempo de la novela de Pérez-Reverte, el de Niza, ya no está centrado en el tango. El tango ya ha cumplido su objetivo literario y ha pasado a ser parte de la historia de dos seres que se han buscado en otros cuerpos, cometidas todas las experiencias posibles, vividas en total desmesura persiguiendo la verdad de lo inconmensurable, orgasmos y eyaculaciones múltiples, hasta verse de nuevo en una habitación barata y entregarse casi con religioso frenesí, al deseo inaguantado y compartido. No volvieron a bailar tango nunca más, Mecha y Max. Ni siquiera el de la Guardia Vieja que compuso Armando Troeye, quien moriría en las tenebrosos patíbulos del general Francisco Franco.

En el tercer espacio-tiempo la trama se centra en algo que a primera vista pareciera ser la antípoda del tango: el juego del ajedrez. ¿Puede haber en efecto algo menos sensual, o algo más lógico y racional que el ajedrez? Y sin embargo, como si así lo hubiera querido demostrar Pérez-Reverte, el tango y al ajedrez está unidos por un mismo atávico principio: el deseo de la derrota del otro.

En el tango arcaico la hembra como “la otra”, se rinde frente al deseo del macho. En el ajedrez, la inteligencia y el pensamiento están plenamente orientados a liquidar al enemigo, a obligarlo a rendirse, a humillarlo, a descalificarlo, a quitarle el lugar que ostenta frente a los demás. El ajedrez, así como la política, es también una guerra sin armas. Y en el caso de la novela de Pérez-Reverte es, además, con armas.

Ese tercer espacio-tiempo vivido en Sorrento es también el momento del último encuentro de Mecha y Max. Viejos, cansados, más cerca de la muerte que de la vida, sin deseos ni tangos, se miran frente a frente. ¿Ha llegado el momento de la desesperanza y de la derrota? Así parecía ser. Mas, en una jugada maestra, digna del mejor ajedrecista del mundo, muestra Pérez-Reverte que el final biológico de una relación no es más que otra instancia entre las diversas modalidades del ser en el tiempo. Porque justamente en ese final de tango triste, apareció por primera vez una palabra que ni siquiera en las más altas cumbres orgásmicas del libro había aparecido.

Esa palabra es: amor.

¿Quiso decirnos Pérez- Reverte que el amor llega después del deseo? ¿O que el amor es espíritu sin piel, carne y huesos? Yo creo que Pérez-Reverte no quiso decirnos nada. Pero, aún en contra de su voluntad, reveló un secreto que todos conocemos, a saber: que el amor es una consecuencia de la memoria, un resultado indiscreto de los recuerdos. El amor es un acto del pasado reconocido en tiempo presente a través del pensamiento. El amor en la novela de Pérez-Reverte quiere decir: “Te amé, pero cuando te amé no sabía que te amaba porque cuando te amaba te tenía”.

El amor que confiesa Mecha y que devuelve con reticencias Max (“Max nunca había amado y no podía saberlo” escribe Pérez-Reverte) es el amor que significa, además, “te amo porque a pesar de todo te amé”. Y bien: ese “a pesar de todo” –es lo que intuyó Pérez-Reverte- somos nosotros mismos: los destinados a presentir el amor cuando lo hemos perdido. El amor que no se sabe cuando y como aparece; y se va. Así, como se va un tango de la Guardia Vieja.

Leyendo la hermosa novela, yo al menos intuí que el amor había aparecido sin que ni Mecha ni Max lo supieran -quizás sin que el mismo Pérez-Reverte lo supiera- en ese momento mágico casi inicial en que ambos, muy jóvenes, apenas conociéndose y tratándose de usted, bailaron sobre la cubierta del Cap Polonio el tango Mala Junta sin escuchar ninguna orquesta, “así nomás”: de memoria, siguiendo el curso de una música que ya vivía dentro de ellos, marcando el paso de un ritmo que sólo ellos conocían.

 

Silencios enamorados

febrero 12, 2013  |  anotaciones  |  Compartir
 (Publicado  (11-2-13) por  Miguel Ángel G. Vargas en “No, gracias. Fumo Krüger”)
El primer capítulo de «El tango de la Guardia Vieja» (Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, 2012) arranca con dos frases: En otro tiempo, cada uno de sus iguales tenía una sombra. Y él fue el mejor de todos. Pero hay otro comienzo entre sus párrafos, un último y definitivo encuentro: Ella se conduce despacio, segura, la mano derecha metida con indolencia en un bolsillo de la rebeca; con esa manera de moverse de quienes, durante buena parte de su vida, caminaron seguros pisando las alfombras de un mundo que les pertenecía. Y de esas alfombras trata esta novela, de quienes son sus dueños y de quienes aspiran a serlo sin conseguirlo.
   Max Costa y Mecha Inzunza viven una de esas historias inacabadas que calan en el lector porque describen el dolor de las certidumbres que todos arrastramos. Los protagonistas viven en dos mundos que orbitan estrellas lejanas que, cada mucho, cruzan sus caminos en un punto del ciclo al ritmo de los deseos sostenidos que se deslizan por la piel lubricada de tangos y saliva.
   La de Max es la historia de un tipo que huye del arrabal, se embarca en guerras que siempre pierde, envejece con cada
certidumbre abatida con el estrépito de una pila de loza que se desploma y siempre es el último en llegar a la fiesta. Lo único digno de reseñar en su vida, a pesar de ser también sus grandes fracasos, son los tres breves pero intensos encuentros con Mecha distanciados en los años. Primero en 1928, a bordo del Cap Polonio, el transatlántico que los lleva a Buenos Aires y en el que sus cuerpos se reconocen y se instalan por primera y definitiva vez en la música que nunca los abandonará, la del tango. Más tarde en Niza, 1937, cuando un antiguo collar de perlas vuelve a ligarlos, a pesar de sus mutuos secretos, en una trama de espías y traiciones que se suceden en los escenarios de una España en guerra ─un lugar triste, rencoroso y con olor a sacristía, gobernado por estraperlistas y gentuza mediocre; el paraíso de la envidia, la barbarie y la vileza, que no es la España de hoy, aunque lo parezca─ y una Europa que asiste desorientada a su propia debacle. Por último en Sorrento, en los años sesenta, al calor de una partida de ajedrez que determinará sus respectivos destinos de sombras perdidas.
   La de Mecha es la historia de esas mujeres que sí son dueñas de las alfombras y se enamoran de hombres que viven haciendo las guerras porque sienten que están de paso y, de esa manera, les resulta más fácil olvidarlos. Aunque sea mentira.
   En la novela, Pérez-Reverte despliega ante el lector su maestría en el uso del detalle preciso y en la recreación de los elaborados diálogos de los protagonistas. Pero no por lo que en ellos se dice. Al menos, no sólo por eso. Es en los silencios en los que encontramos la medida exacta de las pasiones, de las frustraciones y los desencuentros entre Max Costa y Mecha Inzunza. Por medio de ellos, el autor nos conduce a la habitación de una sórdida pensión en la que la luz del sol, al pasar a través de una persiana, nos dibuja el cuerpo de una mujer de piel sudorosa y entrepierna húmeda bajo la mirada distante de un amante que se oculta tras las volutas de humo del cigarrillo que fuma, como si de un cuadro de Edward Hopper se tratara. Y en el silencio de esa escena se condensa todo el sentido de la novela. Es la sublime expresión de los silencios con los que Max y Mecha se hieren y se acarician en sus conversaciones. Esos silencios enamorados que impregnan la lectura, presumo, han exigido al autor un esfuerzo extra en la construcción de la novela. Son un no escribir para escribir la gran obra con la que Arturo Pérez-Reverte, una vez más, nos demuestra la grandeza de su ingenio y buen hacer.
   Se trata de uno de esos libros que arrancan un suspiro de abandono en el lector cuando llega el punto final y hacen que se arrepienta de no haber dejado las diez últimas páginas para mañana, en el vano intento de alargar un día más el placer de la lectura. Una obra que hay que leer para vivirla. Para llorarla.

Nostalgia de la vida que pasó

enero 6, 2013  |  anotaciones  |  Compartir

Revista digital Solo para viajeros . Sección La columna del Director (2-1-2013)

 

Max Costa acaba de cumplir 64 años y lleva a cuestas una  vida de truhán, repleta de fantásticas imposturas. En Sorrento, frente a la bahía de Nápoles, el sempiterno embustero, el elegante amante de ocasión asiste a su  ocaso con resignación y cierta dosis de nostalgia. Ha perdido su sombra, no le queda ninguna duda, pero aún así sigue esperando un cambio de timón,  un golpe de la fortuna. Mientras ésta llega ha logrado emplearse como chofer en la mansión de estío del Dr. Hugentobler, un eminente sicoanalista suizo que debe su patrimonio al buen funcionamiento de una clínica que no ha dejado de atender a judíos ricos que siguen huyendo del holocausto y todas sus pesadillas. Max, eterno bon vivanty bailarín mundano, conduce un Jaguar Mark X y se ocupa de los demás vehículos de su patrón.

Mecha Inzunza, Mercedes Inzunza Torrens, tiene unos cuantos años menos y mucho mundo recorrido. También unos cautivadores ojos color miel. La suya es una historia que ha transcurrido entre dos épocas, entre la Europa -España para ser más precisos- antes de Franco y el mundo que parió la post guerra, pérdida de todas la inocencias incluidas.  Ha llegado a Sorrento y se aloja en el hotel Vittoria para asistir al duelo entre Jorge Keller, su hijo y el maestro ruso Mijail Sokolov. Los dos ajedrecistas, 1966, Guerra Fría en pleno desarrollo, se enfrentan por el Premio Campanella y la expectativa mundial parece haber detenido las manecillas de todos los relojes.

No es así, el ajado chofer y la mujer de porte aristocrático y restos evidentes de una belleza que ha demorado en esfumarse tienen deudas pendientes y van a tratar de saldarlas a pesar de lo imposible de sus afanes. Han sido amantes en dos momentos claves de sus vidas, primero en el lujoso Cap Polonio, trasatlántico que en 1928 acoderó en Buenos Aires y donde Max se ganaba las pesetas (mientras planeaba desvalijar a algún incauto) entreteniendo a las aburridas señoras de primera clase que viajaban sin pareja o cuyos esposos carecían del talento del buen bailarín; luego en Niza, Riviera francesa, 1937, en medio de una trifulca de espías y conspiraciones entre republicanos y nacionales. Encuentros ambos que solo sirvieron para dejar cabos sueltos, heridas y reproches, dos biografías en paralelo y una pasión carnal desbordada.

Esos son los insumos básicos que Arturo Pérez-Reverte (El tango de la Guardia Vieja, Afaguara, 2012) utiliza para tejer una maravillosa historia de amor, de amor temprano, de amor maduro,  de amor de viejos, entre dos almas al garete en un siglo que también había perdido el rumbo.  Y como contrapunto de tanto amor desbocado, traidor, repleto de zancadillas, una historia lo organiza todo y le pone a la última novela del insuperable Pérez-Reverte la música de fondo que necesitaba: la del tango, la del tango lunfardo que Armando de Troeye, el  primer esposo de Mecha Inzunza, fue a buscar al Buenos Aires de La Ferroviaria y  el Barrio de La Boca, con el deliberado propósito de afrontar con éxito una insulsa apuesta con Maurice Ravel, el famoso músico de origen vascongado y padre del famoso bolero.

Confieso que la contrariada historia de Max y Mecha –y Armando de Troeye, el compositor flemático y voyeur- me dejó sin aliento; primero, por la magnífica puesta en escena –Arturo Pérez-Reverte es un artista del cinematógrafo, escenografía y tramoya incluidas-; segundo, por la perfecta armonía del relato de un amor inconcluso, material, corporal, exento de reglas y convenciones; un ménage a trois que va a contracorriente de los amores convencionales. Tercero, por la adolorida descripción de una vida, la de Max Costa, embaucador de mujeres, tahúr en cruceros y hoteles de lujo, que llega al epílogo sin mucho que mostrar a pesar de tantas aventuras y ambiciones vividas. Cuarto, por el silente actuar de una Madame Bovary de nuestro tiempo, una mujer, Mecha Inzunza, decidida a recorrer todos los intersticios de su piel y armazón interno con tal de satisfacer sus deseos más mundanos y auténticos.

¿Parentescos y similitudes? Lo acabo de decir, Pérez-Reverte alcanza la estatura de Flaubert y su Mecha a veces supera, en digresión y osadía,  a la Emma de Madame Bovary. Max Costa, a lo lejos, vive su Casablanca personal,  es Rick Blaine / Bogart distanciado de los ideales que mueven el mundo real, preocupado por seguir cumpliendo una agenda personal que tiene una hoja marcada con el nombre de una mujer que jamás va a poseer completamente, finalmente solo es un mozalbete pobre de Riachuelo, en Buenos Aires, un pasajero de segunda clase. Como lo comenta en un pasaje de la novela, los tipos como él solo saben perder guerras.

Y el “As time goes by”, la canción que siguen escuchando los Humphrey Bogart e Ingrid Bergman que en el mundo  han sido y seguirán siendo, es el invisible “Tango de la Guardia Vieja”, una entrañable canción que cada uno de los lectores del fascinante Pérez-Reverte nos imaginamos cómo suena, cuánta nostalgia nos trae… y cómo se baila. Dio en el clavo, el maestro de la composición de cuadros y closes up, su Tango de la Guardia Vieja supera a casi todas sus novelas anteriores y Mecha Inzulza, a su manera, resulta tan notable como los mejores héroes y heroínas de su universo personal.

La mecha de la vida

diciembre 28, 2012  |  anotaciones  |  Compartir

Blog Vivir en verso. Por Jazz Baker. 28 diciembre 2012

     Puede que esté profundamente equivocado. No sería la primera vez. Ni la última –sólo es cuestión de tiempo–. Siempre he creído que, en el caso de los hombres, incluso las vidas más pintorescas o singulares, como las de los que han escalado el Everest, las de los supervivientes al hundimiento del Titanic, las de los ganadores de la Copa Volpi en la penúltima década, las de los oficinistas de Gran Vía que trabajan de nueve a cinco, todas, incluida la suya, están marcadas por una mujer. Por una mirada que quizás sólo pertenezca ya al pasado. Que desde hace tiempo se convirtió en bagaje y cicatriz mal cauterizada. O en una foto que, año tras año, va perdiendo color escondida en una edición del Quijote de la estantería del salón, y de la que no obstante no nos deshacemos por si nos falla la traicionera memoria. O por una sonrisa que no es necesario inventarse cada mañana, pues por la gracia de Dios, cada noche compartimos con ella almohada. O por una piel de la que nunca supimos de primera mano. Una quimera. Un plan que no se cumplió ni por cinco minutos. Un sueño que se quedó en sueño.
En la vida de Max Costa, esta mujer se llama Mercedes Inzunza. Una señora que desafía al mundo porque no le tiene miedo, porque se sabe ganadora en cualquier combate. Una belleza salvaje a la que no se le dice “no”. Ella ordena. Los demás, gustosos, cumplen. Porque las molestias no surgirían por complacerla, sino por no hacerlo.
Arturo Pérez-Reverte dedica gran parte de “El tango de la Guardia Vieja”, publicado por Alfaguara en las últimas semanas de 2012, a presentarnos a estos dos personajes. Somos testigos mudos de sus sentimientos, de sus dudas, de sus perversiones, de sus sombras, de sus frases acertadas y de silencios que no les comprometan. Tal es la precisión con la que los dibuja que evita desde el primer párrafo que Max y Mecha sean planos, predecibles, olvidables. Muy al contrario. Una pareja de baile que danzará por siempre en el bien iluminado salón del palacio de nuestra memoria.
El libro recoge los tres encuentros entre estos dos personajes que nunca se atrevieron a multiplicarlos por mil. Cada uno de ellos se producirá en ciudades distintas, en circunstancias desiguales, con nuevas heridas. Se intercalan con el paso de las hojas. Y pasamos del calor de la noche de Buenos Aires en 1928 a las cartas comprometedoras de Niza en 1937, para acabar, ya con más de sesenta muescas en la culata, allá por 1966, junto a un tablero de ajedrez en Sorrento.
Para evitar que el lector se pierda, cada nueva entrada nos habla de una habitación de hotel, del hall de un hotel, de un paseo que conserva todavía los charcos originados por la tormenta de anoche, de una cena o de una cuneta que hace al hombre más pequeño, más despreciable. Una labor minuciosa, delicada, pero llevada a cabo con gran acierto. En todo momento sabe el lector de quién se habla, de dónde estamos.                            

                                                       Alrededor de ellos, como los satélites y los planetas, gravitan una serie de actores que en ningún caso pueden ser tildados de secundarios. Un genio compositor de música, quien inicia y provoca todo lo que vendrá después por una apuesta con su amigo Ravel. Un artista con caros caprichos que puede adquirir –con dinero– y asumir –piel adentro–. Espías. Unos con la cara cansada, mal afeitados, hastiados de misiones que no ayudan a construir un mundo mejor. Otros, en cambio, de sonrisa amistosa. Quizás los más peligrosos. También tenemos a un consagrado jugador de ajedrez y a su séquito. Un mundo de caballeros donde todos se clavan el puñal por la espalda. Donde la política también intoxicó con sus tentáculos. Y los amigos. Y la infancia en los arrebales. Y los camareros. Y los recepcionistas. Y los buscavidas. Y los bailarines mundanos. Y los que lo ven todo por encima del hombro. Y las mujeres que gimen por unos billetes. Y las manos indecentes que vacían carteras. Y los metales que matan de miedo.
“El tango de la Guardia Vieja” es una novela redonda, donde uno sospecha que ha sido tan importante el ejercicio de escribir como el de borrar. Aquí no sobra ninguna página, ninguna línea, ninguna palabra. Ni faltan. Aunque es pronto para decirlo, y sólo el tiempo me dará o me quitará la razón, será uno de sus trabajos más recordados. Cómo olvidar a una mujer que sería capaz de detener el mundo si se le antojase. O la frialdad de Max tras ocupar su asiento en el Tren Azul. O el sexo narrado como sexo –sin amor–. O lo que reflejan los espejos, según los momentos: plenitud y arrugas, sueño y consecuencias, hembra en celo y soledad asumida.
Una obra que huele a cine. A clásico. A un viaje en barco en el que no se desea divisar puerto, en el que uno se quiere quedar más tiempo. A amor. O quizás no a amor y sí a química. Porque quizás Max nunca sintió lo primero, pero sí fue víctima de la segunda. Y contra esto no podía luchar. Y creyéndola inalcanzable, más cercana a los dioses griegos que a los hombres con los que tropieza en sus tangos alquilados, si le pidiera la Luna, se la pondría a sus pies.
Un trabajo que aparcó por veinte años. Cómo convertir a Mercedes Inzunza en papel y tinta sin haber vivido casi una vida, sin traspasar los sesenta, sin haber aprendido a mirar. Imposible. Hubiera sido un error. Un crimen perfecto. Por su paciencia, gracias.
Como cierre, una duda. Si la historia se contase de forma lineal, sin saltar de una época a otra, de una ciudad a otra, ¿hablaríamos entonces de una gran novela? ¿Pesa más el montaje que la historia en sí?                            

Nostalgia de lo que jamás sucedió

diciembre 28, 2012  |  anotaciones  |  Compartir

Neville Magazine. Posted on diciembre 18, 2012 by Nevillescu (por Pablo Batalla Cueto)

La convulsa historia de amor de Max Costa y Mercedes Inzunza dura cuarenta años; sin embargo, unidos, sus tres fugacísimos choques de trenes a lo largo de esos cuatro decenios no sumarían más de un par de semanas. Así son siempre, al menos literariamente hablando, las más hermosas historias de amor: flores de un día, o deslumbrantes cometas que atraviesan el firmamento y refulgen allá arriba apenas unos segundos, antes de que su luz irreal se extinga durante otro par o tres de milenios. Planetas que logran alinearse durante un suspiro cósmico, antes de verse arrastrados en direcciones contrarias por la inercia irresistible de sus propias órbitas. Amaneceres que lo son siendo ya crepúsculos. Respirar, a la vez, la luz y la ceniza.

Historias como la de aquella anciana que seguía durmiéndose cada noche contemplando, melancólica, la fotografía del brigadista checoslovaco que no fue el padre de sus hijos. Rick Blaine e Ilsa Laszlo en París. Francesca Johnson y Robert Kincaid en Madison County. Laura Jesson y Alec Harvey en la estación de Milford. Edenes al alcance de la mano, encerrados tras un muro de realidad, deber y costumbre cuyo cemento quisiera ser embellecido con la mano de pintura de una de esas tristezas elegantes que dan sentido a una vida. Nostalgia de lo que jamás sucedió. «Qué hubiera sido si» o «Qué andarás haciendo ahora», preguntarse para los adentros escrutando un punto indefinido más allá de la ventana, mientras dos o tres churumbeles ruidosos corretean por el salón y, en el sofá, un hombre gordo ve fútbol en la tele o una mujer vulgar cose calceta. El tango de la Guardia Vieja es una de esas historias.

Los escenarios escogidos para acoger las idas y venidas de Max y Mecha contribuyen a que el cañonazo de nostalgia ajena sea dos veces rotundo. Buenos Aires, 1928. Niza, 1937. El mundo en el que Max y Mecha se acometen es un mundo que ya no existe, barrido por el tornado de la segunda guerra mundial. Los propios Max y Mecha han muerto hace ya décadas. Hay un rabioso tempus fugit agazapado en el interior de cada bote salvavidas del transatlántico Cap Polonio, un ubi sunt en cada pitillera de carey, un collige virgo rosas en cada adoquín del Paseo de los Ingleses, un aura aetas en cada ficha del casino de Montecarlo y un paradise lost vibrando en cada nota de cada tango. El decorado es un personaje más en El tango de la Guardia Vieja, tal vez el más importante y con toda seguridad el mejor de todos, por más que los dos principales, fascinantes, complejos, trufados de matices, opongan una competencia feroz.

Hay un tercer escenario: Sorrento, 1966. Allí, las luces de la Europa de Entreguerras ya se han apagado casi por completo y los dos amantes se dan de bruces, sexagenarios ya, por última vez, transcurridos treinta años desde la anterior. El tango de la Guardia Vieja es también una amarga reflexión sobre la vejez y la decadencia humanas.

Aderezando el conjunto, no falta el puñado habitual de filias y fobias perezrevertianas: el ajedrez, el espionaje, el héroe cansado, España como enfermedad incurable («lugar triste, rencoroso y con olor a sacristía, gobernado por estraperlistas y gentuza mediocre, paraíso de la envidia, la barbarie y la vileza»). También hay alguna novedad insólita, como las escenas de sexo no convencional que don Arturo, primerizo en tales zarandajas, solventa con elegancia.

Hasta aquí el apartado de «lo bueno». Lo malo, dar la vuelta a la esquina de la última página, cerrar el libro empapado aún de su magia, levantarse de la cama aquejado de una cierta punzada de orfandad, mirar por la ventana y toparse al otro lado no la cerúlea luminosidad de la bahía de Nápoles, sino una muralla anochecida de horrorosos despropósitos arquitectónicos de quince plantas, cortesía del desarrollismo franquista. Darse cuenta de que la vida es devastadoramente gris fuera del angosto refugio de la buena literatura.

Del héroe cansado al héroe melancólico.

diciembre 11, 2012  |  anotaciones  |  Compartir

Reseña de Burnel. Foro Icorso. 11-12-12

Terminar el libro y volver a empezarlo. Sentir esa zozobra en el cuerpo  de que el libro te ha hecho pensar, te ha tocado en tus rincones, en tus sentimientos, en tus secretos…

Del héroe cansado al héroe melancólico. De Macarena Bruner (La piel del tambor) a Mecha Inzunza, pasando por la inigualable Teresa Mendoza (La reina del Sur). De Lucas Corso (El club Dumas), joven, audaz, atrevido, a Manuel Coy (La carta esférica), al que a veces te daban ganas de abofetear, por el simple hecho de seguirla como un perro. Ahora estamos ante Max Costa.  A Max hay que quererlo. Hay que enamorarse hasta las cachas y disfrutarlo, aunque sea, una vez en la vida: en esta primera y virgen lectura del libro. “Tan limpio siempre, pese a sus canalladas. Tan sano. Tan leal y recto en sus mentiras y traiciones. Un buen soldado”.

Max es el héroe cansado, indudablemente, pero con la vista puesta en los años, en la melancolía tan profunda que te acompaña a lo largo de toda la lectura.  Max es mundano, quizá asuma el papel que, en otras obras, asume la mujer superviviente. En eso se parece a Teresa Mendoza. Y a Pepe Lobo (El asedio), pero con maneras. Por eso la reiteración de mundano como calificativo al bailarín. Porque Max es un superviviente del mundo y de sus circunstancias. Allá en su Argentina natal, en el episodio crucial el del Hotel Ritz de Barcelona, con apenas dieciséis años, que solo es capaz de recordar desde el cuajo y la tranquilidad de los años. Envuelto en la turbia historia del tango de De Troeye, mezclado con Mecha, cuando es la mujer de su vida aunque ella se niegue a escucharlo. “Ni se te ocurra Max. Si dices que fui el gran amor de tu vida, me levanto y me voy“.

Esa especie de tristeza lánguida, que nos contagia el Jefe: ese pasar del tiempo, a veces tan garcilasiano —“como se viene la vida, como se pasa la muerte, tan callando”—. Ya no contamos pecas sobre la piel de Tánger Soto; ahora nos miramos el dorso de las manos convulsivamente, para ver cuántas manchas de vejez han aparecido en ellas.

El libro está hecho de silencios. Silencios que hemos aprendido a interpretar desde que Adela de Otero (El maestro de esgrima) intentaba su estocada perfecta. Silencios de Teresa Mendoza —para mí, el héroe cansado por excelencia— y la mujer mejor modelada y a la que más se le ha abierto los rincones,  con diferencia,  de todas las mujeres revertianas.  Teresa le ha prestado muchos matices a Max Costa.

También es verdad que Mecha Inzunza, en la primera parte del libro, es superviviente de su propio mundo: es guapa y lista, y tiene dinero. Punto. Muy Lolita Palma, pero sin pegar sello. “Te asombraría lo que tener dinero simplifica las cosas”. Pertenece a una sociedad de la que tampoco quiere salir. Se adapta a lo que hay. Luego, en Sorrento, se hace más humana. Descubre secretos, no tan turbios, que la hacen más mujer. Y sobre todo, sorprende, que es la primera vez que vemos la dependencia de la mujer a su propio útero. Las tramas, tan bien estructuradas que cuando estás en Niza quieres volver a Sorrento, y cuando estás en Sorrento quieres ir de nuevo a Niza: esas estructuras paralelas solo las consigue el maestro. El derroche de detalles. Esas frases lapidarias, cortas, precisas como pequeñas puñaladas en nuestra propia conciencia y en nuestra propia memoria: “la única libertad posible es la indiferencia”.

Soy un viejo como cualquier otro, que ha conocido el amor y el fracaso”. Y a partir de ahí, todos hemos envejecido. Por todos han pasado los veintidós años. Unos los llevamos mejor y otros peor. Todos conocíamos las reglas, las maneras, el tablero de ajedrez, el peón en su casilla, el sable y el caballo, el cazador, la mochila, la fiel infantería… Pero nunca nos imaginábamos que nos darían un revolcón en nuestras propias vidas, a través de la vida, tan distinta probablemente, de Mecha y Max. “Has envejecido, y no hablo del físico. Supongo que les ocurre a todos los que alcanzan alguna clase de certidumbre…”

Y ahora decidme blanda: el remite de la carta con los nombres de Barbaresco y Tignanello, después de haberles cogido cariño de secundarios, me humedecieron los ojos;  pero el collar y el guante son de una intensidad brutal: tan real, tan romántica, tan nostálgica, tan llena de dignidad de quien se sabe sin futuro y solo con pasado y presente, que ahí me dije, suelta trapo.  Y vaya si lo solté.

Esas tres últimas páginas de la novela, son el resumen de una vida. De todas las vidas. Y yo me he quedado colgada de Max. Supongo que ser lector revertiano imprime carácter, como el sacerdocio o la prostitución.

Es agradable ser feliz, pensó. Y saberlo mientras lo eres“. Y yo me he sentido inmensamente feliz estos últimos veintitantos días. Solo me queda volver  al Buenos Aires de 1928, embarcarme de nuevo y volver a soñar con ese tango sin música en la sala de palmeras del Cap Polonio.

Enamorarse de Mecha

diciembre 11, 2012  |  anotaciones  |  Compartir

 

Virginia Mendoza – fts-magazine.es – 10/12/2012

Si alguien es capaz de enamorarse de su personaje y de traerlo a la realidad para contagiar al lector de ese amor, Arturo Pérez-Reverte, que lleva tiempo haciéndolo de manera sucinta pero prometedora, ha conseguido, en ‘El tango de la Guardia Vieja’ (Alfaguara, 2012), recrear a la musa definitiva: una mujer con nombre de detonante y personalidad de polvorín que enamorará a lectores y lectoras independientemente de su orientación sexual. Mecha Inzunza es una diosa reciente que, a medida que envejece, pasa de estar a la altura de la Maga de Julio Cortázar a la de la Elisabeth Costello de JM Coetzee.

Lo que sí podemos reprochar al autor en lo que a la creación de personajes respecta, es que, si bien Mecha es una mujer inusual, misteriosa y, en definitiva, un personaje generalmente rico, Max Costa la supera. Si la idea de crear una protagonista de esas que, según Pérez-Reverte, serán la protagonista por antonomasia de la literatura que viene, como él mismo comentó en alguna entrevista, ha caído en la trampa de enriquecer con mayor profusión a quien pretendía ser su sombra, su amante eventual convertido en amor que, triste o acertadamente, según el gusto, la eclipsa.

Pérez-Reverte recrea la vida de un pícaro entrañable, un ladrón de alcoba, y de una mujer bien y mujer fatal convertida en madre incondicional y obsesiva. Sus diálogos brillan en tres momentos y en tres lugares del siglo XX y del mundo (Buenos Aires, Sorrento y Niza). Tres destellos de un amor imposible e improbable, de ese que marca la vida con cuentagotas y deja un poso de los que no se van. Sin seguir un orden lineal y con descripciones visuales, ‘El tango de la Guardia Vieja’ es una de esas novelas cinematográficamente fáciles a las que su autor nos tiene acostumbrados y firme candidata a convertirse en película. O en tango. Se trata, en definitiva, de una metáfora de las relaciones entre hombres y mujeres y de una reflexión sobre cómo han cambiado en los últimos tiempos: el tango o la relación sentimental como ese resorte de la sociedad en el que la mujer es sujeto pasivo que se deja llevar en apariencia, pero que en realidad no suelta las riendas.

El tango de la guardia vieja evoca la nostalgia de casi todos los autores que superan los sesenta, cuyos protagonistas reflexionan sobre la vejez, sobre el tiempo perdido, miran su propia juventud con más pena que envidia, tienen más certezas que dudas y, sobre todo, saben lo que es el amor. La nueva novela de Pérez-Reverte no es ni más ni menos que una historia de amor, impropia de su autor pero narrada con gran tino. Se ha enfrentado a la peligrosa barrera que separa lo cursi de lo vulgar cuando de contar una historia de amor (y sexo, claro) se trata.

Pérez-Reverte sigue demostrando que es un gran contador de historias, aunque la manera de contarlas pueda convertirle en un autor de best-sellers cinematográficamente viables. En ‘El tango de la Guardia Vieja’, apenas hay frases que subrayar, que digan algo por sí mismas sin depender del todo, sin formar parte de una trama que engancha y punto. Algo así pensé hasta casi la mitad del libro, donde los diálogos se tornan gradualmente sublimes. Entonces cambié de idea y cuando cerré el libro, supe que era la mejor novela que he leído de su autor. Un ejemplo de cómo me convenció de esta idea que, tras más de una semana de asimilación, mantengo:

-Vivías en territorio enemigo -añade al fin-. En plena y continua guerra: sólo había que ver tus ojos. En tales situaciones, las mujeres advertimos que los hombres sois mortales y vais de paso, camino de un frente cualquiera. Y nos sentimos dispuestas a enamorarnos de vosotros un poquito más.
-Nunca me gustaron las guerras. Los tipos como yo suelen perderlas.
-Ahora ya da lo mismo -ella asiente con frialdad-. Pero me gusta que no hayas estropeado tu sonrisa de buen muchacho…Esa elegancia que mantienes como el último cuadro en Waterloo. Me recuerdas mucho al hombre que olvidé. Has envejecido, y no hablo del físico. Supongo que les ocurre a todos los que alcanzan alguna clase de certidumbre…¿Tienes muchas certidumbres, Max?
-Pocas. Sólo que los hombres dudan, recuerdan y mueren.
-Debe de ser eso. Es la duda la que mantiene joven a la gente. La certeza es como un virus maligno. Te contagia de vejez.

La mujer que teje

diciembre 9, 2012  |  anotaciones  |  Compartir

 

El tango de la Guardia Vieja. Reseña por Raquel Jiménez (El blog de Ada) el 8-12-12

 

Si una novela comienza con Conrad, dice mucho de ella. Y si la novela bebe de Fitzgerald y de Faulkner, dice aún más.

La crítica, o la editorial, definió El Asedio(Alfaguara, 2010) como el novelón de Pérez-Reverte. Nada más lejos de la realidad.No estaban al tanto de lo que el autor tenía entre manos. En El tango de la Guardia Vieja encontramos todos los elementos de Reverteland. Y no sólo que sus dos protagonistas, Max y Mecha, tengan dentro de sí mismos todas las características de los personajes revertianos. También miradas y héroes cansados, actitudes y comportamientos ante la vida, la dignidad final, la asunción de las reglas, el iceberg, el Titanic, la biblioteca que arde, el refugio, la trinchera, el libro, la botella de Vranac junto a los amigos, etc.

En El tango de la Guardia Vieja hay una apuesta, dos músicos. Un tango frente a un bolero. Troeye se enfrenta a Ravel por componer la melodía más bella del mundo. Troeye parte con ventaja. Junto a él, la mirada miel de Mecha, su mujer. Un matrimonio culto, refinado, elegante, joven, vistoso y admirado. La élite. Se embarcan hacia Buenos Aires. En el Cap Polonio trabaja Max, el bailarín profesional, el encandilador de mujeres, el rufián encantador, el seductor, el casanova, el embaucador, tramposo, pillo, ladrón, gigoló.

Pronto Max se fija en Mecha. Y saltan las chispas. Y entre una Honeybee y la siguiente ella se deja llevar, parece ser, por el tango de Max. Se dejan ver en la sala de palmeras, bailando, bajo la mirada escrutadora de Armando, que no pierde un momento y al que no le tiembla la voz ni un ápice cuando Mecha le confiesa que se está enamorando del rufián encantador.

Buenos Aires, arrabales, bajos fondos. Un viaje simbólico a lo más oscuro, de la ciudad, de la mente, del alma. Les acompaña una bailarina polaca y ya millones de lectores que, extasiados ante las varias escenas de sexo a varias bandas, asumen la turbiedad que hay en cada mujer.

Pasan los años y sin despedirse en tierra argentina, Mecha y Max vuelven a encontrarse en Niza. Por motivos distintos, ambos se ven enfrascados en una trama de espionaje. Redacción ágil. Conversaciones rápidas. Escenarios en tecnicolor. Vuelven a encontrarse. Y con ellos sigue expectante a su lado, la sombra de Max, su pasado y presente. Y ella, con su sombra, continua trazando en torno a él, ese baile silencioso pero agitado. Geometría y sexo.

Años después en Sorrento, ya sin sombra, Max, el hombre. Vuelve los ojos al pasado tratando de ver en ella el ayer: lo que fue él, ella.O ambos.

¿Qué fueron? ¿Se amaron? ¿Pudieron hacerlo? ¿Cómo se ven en los ojos del otro? ¿Acaso puede uno mirar el pasado con los ojos del presente?

La mujer que teje en torno al hombre una telaraña de rincones turbios, de ámbitos oscuros. Mecha teje en esta novela una telaraña de emociones, al servicio de un escritor inspirado que decide sembrar pequeños granos… en torno al lector, para que este vea crecer entre las líneas de la novela, un mundo burgués, unas pasiones mundanas, un preciosismo descriptivo, unas maneras “muy de antes”, perfumes, cadencias, momentos, música, olores, fotografía, gestos, actitudes,… Y a la manera de Faulkner, la trama se entrelaza, los tiempos se solapan uno tras otro de un modo sutil, coherente, preciso y ordenado. Sin brusquedad. Con elegancia.

Un consejo, guarden sus emociones a buen recaudo antes de leer esta novela. Dice el autor que ha aprendido a reventar cajas fuertes. Guárdenlas a buen recaudo. Se le da bien. Lo de emocionarnos, digo. Lo hace con unas páginas finales ante las que es imposible cualquier tipo de guardia. Pocas últimas páginas han hecho humedecerse los ojos de una servidora. Solo dos. Uno es considerado una leyenda. El otro está camino de serlo.

Pérez-Reverte despide el año del fin del mundo con la novela más crepuscular de entre todas las suyas. El racconto sutil de una decadencia. De la decadencia del héroe. Del hombre.

Tras esto, solo el genio sabe lo que nos aguarda en la próxima.

 

Amor y aventuras, pasiones e intrigas

diciembre 8, 2012  |  anotaciones  |  Compartir

El tango de la Guardia Vieja
Ángel Basanta – El Cultural (El Mundo) – 07/12/2012

‘El tango de la Guardia Vieja’ es una extraordinaria novela de amor y aventuras, pasiones e intrigas, sentimientos, traiciones y reencuentros que abarcan cuatro décadas del convulso siglo XX representadas en tres tiempos y lugares fascinantes. El primero se sitúa en 1928, cuando el prestigioso músico Armando de Troeye viaja con su mujer a Buenos Aires por una apuesta en la que se comprometió con Ravel a superar su ‘Bolero’ en un tango memorable. En el transatlántico aparece un apuesto bailarín profesional cuya perfección en el tango lo llevará a formar un singular triángulo amoroso con el matrimonio. Desde su baile nocturno de un tango sin otra música que la nacida en sus cabezas, en el salón desierto del barco, la bella, inteligente y turbia Mecha Inzunza y el guapo, elegante y canalla Max Costa quedarán encendidos en una pasión amorosa que no se apagará ni en sus largas separaciones. El segundo encuentro se produce en la Riviera francesa en 1937, espacio cosmopolita entre cuya sociedad galante se han refugiado algunas familias adineradas españolas durante la Guerra Civil. Allí, entre Niza, Montecarlo y Antibes, Max queda envuelto en una intriga de espías italianos y españoles para robar unas cartas del conde Ciano al banquero Ferriol (trasunto apenas disimulado de Juan March), relacionadas con las primeras operaciones militares de la sublevación franquista y comprometedoras para el yerno de Mussolini. Y Mecha tendrá una presencia decisiva en su complicidad con Max. La tercera reunión de los amantes tiene lugar en Sorrento, en 1966, donde se juega un famoso torneo de ajedrez, previo al campeonato mundial, entre el ruso Sokolov, actual campeón, y el joven aspirante, Jorge Keller, hijo de Mecha. Y por allí aparece Max, retirado de sus imposturas en el mundo galante y dispuesto a asumir el reto de intentar volver a ser el que había sido.

Lo contado aquí es un pálido reflejo de la trepidante sucesión de aventuras, sorpresas y lances folletinescos, revelaciones y bien dosificadas escenas melodramáticas agrupadas en tres momentos y espacios, con la trágica historia del siglo XX como escenario teatral donde transcurren los hechos y nacen, se intensifican y entran en declive las pasiones. Todo está cuidado hasta el mínimo detalle en ambos planos. El fuego de la pasión entre los jóvenes amantes en Buenos Aires gravita en los dos momentos futuros. Es admirable la inmersión del narrador omnisciente en sus conocimientos de los orígenes plebeyos del tango auténtico, que ya solo perdura en boliches de arrabales porteños. De allí saldrá el Tango de la Guardia Vieja, motivo recurrente que, con otros como el collar de perlas de Mecha y el guante que ella pone en la chaqueta de Max, da unidad a la composición de la novela en tres tiempos y espacios separados por casi cuarenta años y miles de kilómetros.

Aquella pasión amorosa vivida en la juventud está evocada con melancolía por los amantes, ya sesentones, en 1966 en Sorrento. La narración alternante de ambos episodios intensifica el suspense, con nuevas revelaciones durante las partidas de ajedrez y el contraste entre la plenitud del amor pasado y la melancolía alimentada por el recuerdo ahora. Ambos momentos reciben atención privilegiada en la primera mitad de la novela. Y cuando ya la suspensión e intensidad de lo narrado en los dos tiempos alcanza un desarrollo climático suficiente, mayor en lo sucedido en 1928 y en plena intriga en lo de 1966, entra con atención preferente la guerra de espías en la Riviera francesa en 1937, donde se renueva la pasión amorosa entre los protagonistas.

De modo que, en la segunda mitad, predomina la narración alternante de estos dos últimos episodios, con la melancólica rememoración de la plenitud vivida en 1928 y la reiteración de espionaje y robos en 1937 y 1966, tal vez con alguna inverosímil facilidad en la resolución del perpetrado en Sorrento. En esta nostalgia del tiempo que fue y ya no es reaparece, una vez más, la figura revertiana del héroe cansado, tanto en la belleza marchita de Mecha como en la decadencia de Max. Y al fondo se dibuja el escenario cambiante de una Europa cuyo esplendor y elegancia serán barridos por la II Guerra Mundial. En ambos planos el autor ha desplegado sus mejores cualidades, tanto en la cuidadosa caracterización y evolución física, psicológica y moral de sus personajes, incluidos los secundarios, como en los diálogos, nerviosos y ajustados a cada situación, y en las brillantes descripciones de paisajes.

En suma, una novela de madurez, redonda, en la que se han reunido las mejores cualidades del autor, con una historia narrada sin desfallecimientos, siempre en tensión, con una prosa de suma eficacia narrativa en su riqueza y elegancia. Nadie como su autor domina el arte de contar para todos, seguido y bien, con las estrategias narrativas de siempre.

Pérez-Reverte, enamorado

diciembre 7, 2012  |  anotaciones  |  ,  |  Compartir

Xavier Grau – Diario Siglo XXI – 01/12/2012

El macho-alfa de la literatura española —Sergio Vila-Sanjuán dixit— ha caído enamorado a los pies de la protagonista de su última obra, ‘El tango de la Guardia Vieja’. ¡Quién lo iba a decir!. A ese amor revelado ha decidido centrar su próximo trabajo literario cuando todavía su nuevo éxito recorre las librerías, las bibliotecas y las redes sociales.

El escritor cartaginés proyecta su siguiente novela entregada a la esencia femenina, épica y literaria de su heroína definitiva: Mecha Inzunza. No se alarmen. Llegarán nuevos Alatristes, pero tal vez ya no serán lo mismo, a fuerza de compartir querencias con esta heredera de un imperio de aguas minerales que nos pone a todos ante el espejo de la vida, del amor y de la memoria. A su creador el primero, lo cual asoma con más peligro en una historia que la propia editorial Alfaguara encuadra así: «Una pareja de jóvenes apuestos, acuciados por pasiones urgentes como la vida, se mira a los ojos al bailar un tango aún no escrito, en el salón silencioso y desierto de un transatlántico que navega en la noche. Trazando sin saberlo, al moverse abrazados, la rúbrica de un mundo irreal cuyas luces fatigadas empiezan a apagarse para siempre.»

En algún lugar dejó dicho Pérez-Reverte que preparaba su retirada literaria con dos nuevas aventuras de su Alatriste en París y Roma. Pero este recreador de universos perdidos y de personajes de compleja nobleza y reivindicativa gallardía ha sido vencido por el romanticismo: “Eso nunca, por Dios; no soy Corín Tellado”, suelta en el auditorio barcelonés de la Biblioteca Joan Fuster ante más de doscientos atentos seguidores que le escuchan; y otros doscientos más que se han quedado en la calle y que le intuyen. Cuando esto pronuncia, Pérez-Reverte insinúa, con la sonrisa inteligente del periodista que suelta un titular, que pretende ahondar en el universo cerrado, íntimo, seductor y sexual de esta Mecha Inzunza con la que va a poner los cuernos literarios al soldadote Alatriste. Dice el novelista: “Todo ser humano tiene lugares turbios; y una mujer abre puertas que un hombre ni imagina que están abiertas”.

La frase suena a alerta para los lectores de un escritor que aparenta controlar todo su mundo pero que ahora se muestra dominado por sus criaturas. ¿Es la confesión definitiva donde se confunden autor y personajes? ¿Es la rendición del gran guerrero que nunca quiso que le cogieran vivo? De entrada, el nuevo proyecto embrionario pero ya anunciado de Pérez-Reverte indica que lo mejor está por llegar para crear, tal vez, la cruz en femenino de su héroe espadachín.

Así, este Pérez-Reverte más serio y más pausado de lo que parece, menos provocador y bullanguero de lo que se le define y más tímido y padrazo de lo que presume, parece conjeturar ya la réplica reverteriana y troyana a lo del sombrío de Grey –“una porquería que me recuerda a los relatos eróticos del viejo ‘Lui’ que escribía el amigo Manolo que estaba en el paro”.

El amigo Arturo -perdón por las confianzas, patrón- ha caído en sus propias redes y en lugar de amueblar él los lugares fantásticos, finiquitados y elegantes de su última novela, ha sucumbido a los encantos de su rotunda heroína. La mira con ojos de cordero degollado, la siente próxima e inalcanzable a la vez, la desea con el ansia de lo imposible y, además, se siente dueño de los destinos imaginarios de ella. ¿Y eso es lo que le da pavor al escritor de Cartagena? ¿O ha generado esta Mecha un miedo atávico en el hombre Arturo? Vaya preparando, maestro, una ampliación de este blog divertido y guasón desde el que ha contado la construcción de su última novela (http://novelaenconstruccion.com/); porque ‘El tango de la Guardia Vieja’ descubre algo más del hombre que está tras el autor, del periodista oculto tras el novelista, del pirata bueno capaz de arriar definitivamente su bandera negra por el amor de una mujer que trasciende los tiempos.

Esta Mecha Inzunza guapísima, estilosa y geométrica puede hacer esperar a un Alatriste que Pérez-Reverte ha dejado a las puertas de Barcelona en posición de ataque –¡manda huevos decirlo horas después de las elecciones catalanas!-. Y miles de lectores estarán ahí para leerlo y escucharlo de boca de este escritor y marino que se reclama eficaz contando historias. Y lo es. A fe de Dios -y de nuevo pido perdón, patrón-. Sí lo es creando un mundo imaginario y ya pasado que de tan real asusta porque engancha al autor mismo que, pocos días después de la presentación de su obra lamenta: “Mi imaginación se apropió de ese mundo para siempre, y ya nunca podré mirarlo con la inocencia de unos ojos libres”.

‘El tango de la Guardia Vieja’ puede acabar apareciendo entre la obra de Arturo Pérez-Reverte como el giro definitivo de este peculiar novelista que hace de la técnica una de sus grandes bazas. Que destripa sus obsesiones y las socializa entre una legión de seguidores sin dejar de fruncir el ceño. O todos advierten que el patrón juega de farol o éste es un gañán fantástico y divertidísimo que engaña a todos. Sea como fuere, la ambición, la maestría y la pirotecnia detallista de esta novela pueden acabar con el mito Pérez-Reverte: ese escritor ácido y articulista destroyer que sólo escribe de batallitas, espadachines e hijoputas. Y a la vez, esta obra la confirma como lo que él se pretende (¿para esconder su timidez, tal vez?), un autor mayúsculo, valiente y, sobretodo, muy profesional, además de joven. Y léase esta juventud en el universo reverteriano cuando reza que “uno sólo es joven en vísperas de la batalla”. Y Pérez-Reverte, en vísperas de la refriega definitiva contra y con Mecha Inzunza, puede estar a las puertas de entregarnos -antes de dos años- su gran obra definitiva, la que nazca de ‘El Tango de la Guardia Vieja’. ¡Ah! Y para los más agoreros, si no lo consigue, por lo menos habrá planteado batalla y tal vez conseguido atraer sobre sí la mirada definitiva de la mujer universal e inalcanzable que a todos se nos fue. A esas horas, y en cualquier caso, la batalla estará ganada si damos por sentado que la única batalla que se pierde es la que no se libra y que ‘El tango de la Guardia Vieja’ es la antesala de un nuevo Pérez-Reverte.

¡Ay! el amor. Ha escrito este académico atípico que los barcos se pierden en tierra y dentro de poco se descubrirá él mismo confesando que los literatos duros se encuentran, siempre y aunque no quieran, en la mirada ancestral de su Andrómaca particular. ¡Quién lo iba a decir!, don Arturo, en estos tiempos de Zara, Red Bull y Marina d’Or.