Archivo de octubre, 2012

Erratas y gazapos

octubre 24, 2012  |  anotaciones  |  ,  |  Compartir

No hay novela sin errata, o sin gazapo. Sin error tipográfico o sin descuido del autor. Da igual que corrijas de forma obsesiva durante semanas o meses. Y que repases media docena de veces las pruebas finales antes de darlas a la imprenta. El complejo proceso de escritura que puede prolongarse durante años, los distintos momentos en que das a la tecla, los errores naturales de una actividad basada en algo tan inconcreto como la imaginación, los fallos de la memoria propia —y más cuando se trata de una novela larga—, hacen cualquier texto muy vulnerable a esa clase de incidentes. Da igual que tu documentación o notas sean exhaustivas, que cada detalle de la novela que escribes procures amarrarlo con el máximo rigor y cuidado. Detalles inexactos que resuelves sobre la marcha en el calor del teclazo, pendientes de una comprobación posterior, puedes olvidarlos y dejarlos como están, sin darte cuenta hasta que es demasiado tarde. Y no falla: el primer día que abres la novela recién impresa, satisfecho de tenerla al fin en las manos, siempre lo haces exactamente por la página donde la errata o el gazapo que durante innumerables relecturas pasaron inadvertidos te saltan a la cara rotundos, clamorosos, siniestros, consagrados en letra impresa. El tango de la Guardia Vieja, naturalmente, no podía ser una excepción. Apenas abro el primer ejemplar de la primera tirada, compruebo —con un desagradable sudor frío corriéndome por el cogote— que he cometido un error al mencionar una novela de Somersert Maugham. Al abordar ese párrafo tenía en la cabeza hacer que uno de los personajes de 1928 estuviera leyendo una novela de ese autor, escrita por tales fechas —El velo pintado, por ejemplo, fue escrita en 1925—. Sin embargo, por los extraños azares que depara cada momento específico de la escritura, en aquel momento no mencioné esa novela, leída hace mucho tiempo, sino El filo de la navaja, que leí por la misma época que la otra, a mediados de los sesenta, pero que no fue escrita por Somerset Maugham hasta 1944 —después se hizo una película protagonizada por Tyrone Power—. ¿Explicación? La de siempre: error, confusión de títulos en la memoria, necesidad de escribir el título de una novela y seguir adelante con el texto, pendiente de una comprobación de fechas y ajuste posterior que no llegué a realizar nunca, dando por bueno, supongo, al corregir después, que ya lo había hecho un año atrás, en el momento de escribir ese maldito párrafo. Así que ahí está El filo de la navaja, publicada en 1944, en manos de un lector de 1928. Por suerte lo he advertido a tiempo para que se corrija en el resto de la tirada de la novela y en las traducciones extranjeras, cambiando el título por El velo pintado; aunque ya nada podrá impedir que figure en parte de los ejemplares de la primera edición. No es grave, por supuesto. Apenas una pequeña anécdota. La mayor parte de los lectores ni siquiera lo advertirá. Pero constituye una buena lección de humildad profesional y de vida en general: recordatorio de que, por mucho que te afanes, la escritura de una novela, como la vida misma, está sembrada de minas esperando que las pises. Y que siempre, por mucho cuidado que pongas, acabarás pisando alguna. Por eso no puedes menos que sonreír recordando aquel viejo chiste editorial sobre la fe de erratas impresa al final de un libro: “El corrector certifica que este libro no contiene ninguna errita”.

Ésta es la portada

octubre 3, 2012  |  anotaciones  |  ,  |  Compartir

Las portadas de las novelas, con sus correspondientes ilustraciones, tienen muy diverso origen. Las mías, por lo general, suelo dejarlas a discreción de los editores, y me limito a aprobarlas o señalar como mucho algún detalle. Pero esta vez, para El tango de la Guardia Vieja, la portada la elegí yo. Ocurrió antes del verano. La historia ya estaba casi escrita, y me encontraba en Nápoles para darle el repaso final y tramar los últimos detalles del desenlace, que tiene Sorrento por escenario. Una tarde, comprando en la librería Feltrinelli, encontré un álbum de fotos de Edward Quinn; un fotógrafo que me interesa porque durante muchos años se ocupó de todas las celebridades que pasaron por la Costa Azul. Estaba allí de pie en la librería, como digo, hojeando el libro antes de llevármelo, cuando de pronto encontré la foto. Venía a toda página, en blanco y negro, perfecta, con todo el aroma de una de las épocas en que transcurre la novela. Pero es que, además, la mujer, la situación, la ropa que vestía, el detalle del joyero y el collar, el ambiente general de la imagen, encajaban perfectamente con la idea. Con el personaje protagonista y con su tiempo. Así que telefoneé a mi editora y le dije “ya tengo la portada, consigue los derechos de reproducción”. Y bueno. Aquí está, por fin. La imagen de una clase de mujer y de una época desaparecida. O no del todo, porque todavía hay mujeres así. Creo. Precisamente de eso trata la novela. En todo caso, el símbolo de la historia en la que he trabajado estos dos últimos años. Y de la que estoy a punto de librarme. Por fin.